INTRODUCCIÓN 6

Familia y escuela coinciden en el mismo objetivo: educar a los niños y niñas. Esta tarea simultánea desde dos medios distintos comporta una filosofía de relaciones personales bastantes complicada que tiene como finalidad la comunicación, la información y la participación.

Las relaciones entre familias y educadores son muy complejas, llenas de implicaciones emocionales y de expectativas mutuas. Esta complejidad obliga a tratar las relaciones con las familias dentro de un marco de profesionalidad en el que prime la formación y la reflexión conjunta.

Hablar de colaboración entre la escuela y la familia puede ser engañoso al dar la impresión de estar refiriéndonos a una realidad uniforme y homogénea que no se corresponde con la diversidad de relaciones y situaciones familiares que caracteriza a la sociedad actual. El concepto de familia como una estructura sólida e inmutable ha de ser sustituido por la concepción de familia como un sistema abierto y dinámico. En los centros educativos coexisten familias que difieren entre sí en estructura y composición, tal es el caso de padres separados, hijos/as acogidos por otros familiares, familias monoparentales, adoptivas, etc. Familias que difieren en estilos educativos propios y familias de distinta procedencia y de diversas culturas.

Esta realidad obliga a establecer canales mutuos de conocimiento y de participación que garanticen el tratamiento de la diversidad. Si la sociedad es diversa, y los aprendizajes y las experiencias de los niños y niñas también son diversos, difícilmente se pueden coordinar ambos ámbitos al margen de su conocimiento mutuo.

Si aceptamos que el ambiente familiar y escolar son los que más influyen en el desarrollo del individuo y su proceso educativo, no cabe duda de que entre escuela y familia debe existir una estrecha comunicación a fin de lograr una visión globalizada y completa del alumno, eliminando, en la medida de lo posible, discrepancias y antagonismos a favor de la unificación de criterios de actuación y apoyo mutuo. Familia y escuela, por derecho y por deber, tienen responsabilidades educativas por lo que, necesariamente, han de ir juntas en una estrategia de trabajo común, tratando de compensar esfuerzos y metas en una comunidad de vida concreta (Martínez y Fuster, 1995; Fuente, 1996).

Un aspecto esencial de la relación entre familia y escuela debe ser el sentido bidireccional de la comunicación entre ambos contextos. Las familias y el profesorado han de tener la oportunidad de intercambiar información y aprender unos de otros, definiéndose la relación entre familia y escuela como un fuerte compromiso a largo plazo que supone un respecto mutuo, una asunción conjunta de responsabilidades, y una amplia implicación de unos y otros en distintas actividades. Los centros educativos han de favorecer las relaciones entre ambos contextos estableciendo cauces de comunicación, buscando recursos que faciliten el acercamiento de las familias al centro, cuidando los primeros contactos, definiendo los ámbitos en los que se pedirá la colaboración, todo ello con la intención de crear un clima de confianza institucional, base para mantener unas buenas relaciones.

Es cierto que no todas las familias tendrán el mismo grado de implicación lo importante es que todas ellas tengan la oportunidad y el deber de sentirse responsable y participes de la educación de sus hijos e hijas.
Última modificación: domingo, 25 de noviembre de 2007, 23:02